Página 4 de 7 Fracturas por meteorización. La exposición postmortem a las condiciones medioambientales antes del interramiento condiciona la fragmentación del hueso. Los estadios avanzados de meteorización (Behrensmeyer 1978), se corresponden con el astillamiento del hueso. En este sentido, se han conducido importantes estudios biomecánicos en el campo de la medicina, con motivo de determinar, predecir e interpretar la respuesta del hueso a variedad de condiciones. De hecho existe literatura que nos informa sobre experimentos controlados utilizando material preparado (fresco, seco o fosilizado (Hedges y Millard 1995; Buikstra y Swegle 1989; Johnson 1985; Nicholson 1996). 
Los agentes pasivos de fractura como la meteorización, pueden producir fracturas transversales que se presentan sinuosas bajo el microscopio electrónico de barrido (SEM) (Shipman 1981). Por ejemplo, la deshidratación progresiva que sufre el material óseo post mortem, suele producir líneas de fisuras que al poco tiempo se convierten en grietas, las que provocan la fragmentación gradual del hueso. Figura 4. La meteorización es uno de los principales factores naturales no biológicos de alteración (Behrensmeyer 1978). Los procesos geológicos, químicos y medioambientales también interactúan en varios niveles afectando la estructura ósea (Child 1995). El hueso fresco es un material muy durable y es difícil de romper por pisoteo o cualquier otro método, aunque, como hemos visto, se han encontrado fracturas en espiral en huesos meteorizados por pisoteo (Myers, Voorhies y Corner 1980). HUELLAS DE ACTIVIDAD CULTURAL Al encarar el estudio de huellas dejadas por instrumentos, es recomendable seguir la lista de atributos que emplean la mayoría de los investigadores que llevan a cabo estudios zooarqueológicos desde una perspectiva cultural, y que sintetizó Mengoni Goñalons (1988). Tenemos que dentro de los rasgos más frecuentes están: 1) Características macroscópicas. 2) Frecuencia. 3) Distribución. 4) Orientación. En base a la conjunción de estos atributos intentaremos inferir actividades culturales como despellejamiento, desarticulación, trozamiento, y descarne. Sin embargo también existen huellas atribuidas a factores no culturales (marcas) como roedores y carnívoros. ACCION DE LOS CARNIVOROS La metodología en tafonomía que más usan los arqueólogos es aquella que toma en cuenta los restos de los vertebrados terrestres especialmente los mamíferos. Esta sección revisa algunas de las investigaciones realizadas sobre los huesos y la interacción entre varios agentes de modificación, destrucción y transporte que operan entre la muerte y la sedimentación (Nasti 1996). Un real entendimiento entre la relación entre agentes y sus marcas, pueden provenir de la dinámica de los eventos actuales que los producen. Como discutimos en la introducción muchas de las conclusiones de esta sección son tentativas y están sujetas a hipótesis que deberían ser testeadas sobre restos humanos (Bosio 2003). Se argumenta generalmente que la frecuencia en la que están representadas las diferentes partes esqueléticas, puede ser resultado de un gran espectro de fenómenos que resultan ajenos al comportamiento humano. Un conocimiento detallado de estos aspectos es considerado por cualquier arqueólogo forense fundamental para la interpretación de un hallazgo (Fisher 1995). Parece claro el hecho que el hombre generalmente rompa los huesos con algún instrumento y esto diferencie la fractura de la realizada por los carnívoros. La localización del daño con respecto a las epífisis y otras formas particulares de daños secundarios, son valiosos indicadores alternativos del agente de daño.. Aunque los humanos y demás carnívoros dejen huellas y marcas distintivas en los huesos, está claro que la diferencia entre uno y otro agente no puede basarse solamente en un solo indicador como lo fue en una época la presencia de la fractura en espiral (Myers 1980; Binford 1981). Hoy sabemos que la mandíbula de un animal es lo suficientemente fuerte puede colapsar el hueso y crear una fractura en espiral (Bonnichsen 1973; Haynes 1980, 1983). Es cierto que los carnívoros tienden a obtener nutrientes de los huesos largos atacando las epífisis no solamente por su mayor contenido de sangre, sino por ser el camino más fácil para acceder a la cavidad medular. En este acto los carnívoros suelen dejar depresiones realizadas con los caninos y huellas de arrastre realizadas por los dientes carniceros durante el proceso de masticado (Miller 1975, 1979; Binford 1981). Figura 5.  Los daños secundarios son a menudo excelentes indicadores (y menos ambiguos) de la acción de carnívoros y el hombre. Un ejemplo de ello es la fuerza de compresión que ejerce la mandíbula arrancando pequeñas astillas del borde de ruptura que Binford (1981) describe como microdenticulados en huesos procesados por lobos. En este sentido (Capaldo y Blumenschine 1994) realizaron un estudio detallado sobre la frecuencia y morfología de las muescas producidas por los carnívoros al fracturar huesos largos de bóvidos, realizando comparaciones con aquellas producidas por fractura de yunque/martillo. Las muescas de percusión tienden a ser más frecuentes y son más anchas y superficiales que las producidas por dientes. La importancia de este estudio radica en que las muescas son más durables que las huellas producidas por otros instrumentos que son más superficiales ya que no penetran todo el hueso. Estas diferencias al ser estadísticamente significativas pueden ser utilizadas como indicador de la presencia del hombre (Capaldo y Blumenschine 1994:724). Figura 6. 
El conocimiento sobre la intensidad y variación del daño así como el patrón esperado, puede ser aplicado al análisis de conjuntos fósiles y arqueológicos de dos modos: a) Identificando el agente que pudo afectar al hueso. b) Descartando aquel que no intervino. c) Explicando el patrón de daño encontrado. En este sentido, el “estrés medio ambiental” y otros factores ecológicos pueden influenciar en la variación del comportamiento de los grupos de carnívoros, afectando el grado de daño infligido al hueso por miembros de una especie (Nasti 1995). Binford y Bertram (1977) notaron que perros hambrientos infligieron más daño a los huesos consumidos en primer lugar que a los últimos. Suena lógico pensar que los predadores que tienen pocas víctimas a menudo las consumen con hueso y todo. Los mamíferos predadores de este grupo como coyotes y zorros, pueden masticar a sus víctimas triturando los huesos. La disponibilidad de alimento puede influenciar la intensidad con que la población de carnívoros actúe sobre sus presas, ya sea por baja densidad de presas o superpoblación de predadores (Gifford 1981; Nadal Lorenzo 1996). Los argumentos precedentes son afirmaciones que necesitan una evaluación crítica a través de la observación contemporánea. Sin embargo, la realidad tiende a indicar que la dinámica del daño de los carnívoros a los huesos es extremadamente variable, no solamente entre especie, sino entre poblaciones de una misma especie (Nasti 2000, 2001). Esto implica que no debemos asignar a cualquier conjunto el efecto carnívoro. Por el contrario, debemos juntar un cúmulo de información acerca de la ecología local que puede ser extraída del daño producido entre los conjuntos. En este sentido, Binford y Bertram (1977) describen la supervivencia de huesos procesados por perros entre los Nunamiut y Navajos. En estos conjuntos predominaban las siguientes porciones: a) Extremidades articulares solas. b) Segmentos articulares con segmentos de diáfisis. c) Segmentos de diáfisis (cilindros) solos sin extremidades articulares. Comparando con los conjuntos procesados por lobos, Binford (1981) encontró mucha más cantidad de partes articulares solas en los conjuntos. En los huesos procesados por lobos es mucho más frecuente encontrar articulaciones con diáfisis y cilindros con moderada presencia de partes articulares solas. Al mismo tiempo que la variación en la frecuencia de ciertas partes anatómicas y la presencia de marcas, el ingrediente crítico en la creación de un conjunto esquelético por carnívoros es referido al transporte de huesos a una locación determinada. Los lobos árticos que cazan cooperativamente pueden desarticular un caribú, pero el área de dispersión de los segmentos será de unos pocos metros alrededor del área de matanza (Binford 1979). A diferencia de ellos las hienas, como muchos otros carroñeros, llevan los segmentos de las carcasas a sus cubiles (Behrensmeyer y Dechant-Boaz 1980; Hill 1989; Lam 1992; Marean y Leanne Bertino 1994). Vrba (1975, 1980) decía que es posible distinguir conjuntos acumulados por predadores y carroñeros sobre la base del rango de tamaño y diversidad de especies representadas. Los carroñeros acumulan los restos de variedad de tamaños a diferencia de los primeros. (Gifford 1981).
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